113. ESTAMPES MINAGRELLERES: "LA FILLA DE LA GOLONDRINA"

Me llama la atención, en los tiempos que vivimos, la necesidad de algunas personas de acoger en su casa a una “mascota”, algún animal en quien volcar todo el caudal de cariño que, por múltiples circunstancias, o por carencias familiares, no se puede ejercer con el marido, la mujer, los hijos o los nietos.

Estas “mascotas”, hasta hace pocos años, eran perros, gatos o pájaros, animales de compañía por antonomasia. En la actualidad, esos animales pueden ser mucho más exóticos: peces tropicales, monos, iguanas, camaleones e incluso serpientes, cuya compañía me hace sentir un enorme repelús, ya que –en mi caso-, yo nunca podría dormir bajo el mismo techo que un bicho de estas características.

En mi niñez minagrellera, lo de “mascota” hubiese llamado la atención por lo inusual y desconocido. La relación con los animales era lo más natural del mundo, ya que estaban absolutamente presentes en el entorno doméstico: perros para guardar la casa o como compañeros de caza, gatos para acabar con los ratones, conejos para engordar y ser comidos en las celebraciones familiares, gallinas ponedoras, lluecas criadoras, y cabras para proveernos todos los días de la leche necesaria para los habitantes de la casa.

Aunque en Benimagrell siempre estuvo la vaquería de Pepe “El farol”, y muy posteriormente se puso otra en el Llogaret, frente a l´éscola del tío Paco el Mestre (frente al de Miñana), el consumo de leche de vaca nunca pudo igualarse al de cabra, porque todas las familias teníamos nuestros propios animales, que salían a pasturar en el Ramat (o “ganao”, como decíamos entonces), de Paco el de les Cabres o de Modesto. El consumo de esta leche era tan masivo e indiscriminado que hasta muy avanzada la segunda mitad del siglo pasado eran frecuentes los casos de fiebres maltesas en el pueblo, efecto del consumo de esta leche sin hervir.
En casa teníamos tres cabras muy lecheras: La Rosita, (cabra muy mayor, la más antigua del corral), la Golondrina (muy paridora, hija de la anterior) y “La filla de la Golondrina, que era nieta de la primera, hija de la segunda y la más joven de las tres.

Resultaba curioso que cada cabra tuviese su propio nombre, excepto la más pequeña, aunque diese ya tanta leche como su madre. Y la explicación forma parte de todo el entramado filosófico y cultural de la vida rural de aquel entonces. Se “bautizaban” únicamente los animales de compañía “de plantilla”, aquellos que iban a compartir –de por vida- su existencia con nosotros, e iban a formar parte de nuestro entorno domestico casero.

Pero aquellos animales que se destinaban al sacrificio para el consumo humano, no debían ser “bautizados”, porque al poco tiempo había que matarlos, y no es lo mismo matar a un animal sin nombre, que ha sido criado y engordado para ello, que a un ser que ya tiene el don propio de acudir a tu llamada, alguien que te mira y te acompaña, alguien con quien compartes juegos y (si la madre no te mira), incluso parte de tu merienda vespertina.

Y este es el caso de aquella cabrita. Siendo yo muy pequeño, allá por el año 1950, nació esta chota, y –como ya teníamos dos cabras-, fue destinada al puchero de las siguientes navidades, y, según lo antedicho, no se le puso nombre alguno: era “la hija de La Golondrina”, cuando necesitábamos referirnos a ella.

Pero resultó que poco antes de la Navidad, falleció una hermana de mi abuela (Asunción “la Caligua”, la de la tenda), y se canceló la celebración, debido al luto rigurosísimo que se establecía entonces.

Para la Pascua siguiente, murió otro familiar que hizo suspender asimismo esa celebración, y cuando se paso del “medio luto” a la ropa “de alivio” (cuando las mujeres se quitaban el velo definitivamente y se permitían vestir ya con colores poco llamativos), la chota lucía ya colgando unas hermosas “mamelles” que la hacían inviable para la cazuela, que era el fin para el que fue destinada desde su nacimiento. Y tampoco era ya un animal pequeñito y recién nacido al que fuese normal bautizar, por lo que le quedó un nombre muy largo, fruto de la costumbre: La-filla-de-la-Golondrina, forma en que le habíamos llamado desde su nacimiento.

Algunos años más tarde, el director de cine Manolo Summers hizo una película (La niña de luto), basada en un esquema similar: la nefasta influencia del luto (el “dol”) en las costumbres familiares, que impedían cualquier celebración de ningún tipo; en el caso de la película, una boda que se alarga indefinidamente por la muerte de familiares más o menos próximos.

En la versión minagrellera del evento, las consecuencias se tradujeron en alargar la vida de una cabrita, que debió su vida (y un nombre exageradamente largo), a dos fallecimientos casi seguidos, que impidieron que su cuello fuese rebanado en su primera fase de existencia. Cosas de la suerte, vamos.

FRANCISCO JAVIER LLORENS SELLERS

Publicado porAlfredo en 21:35  

1 comentarios:

Anónimo dijo... 25 de noviembre de 2008, 9:26  

Ya era hora de que alguien reivindicara el nombre y la historia de Benimagrell!!!!

Publicar un comentario