129. RECUERDOS DE MI JUVENTUD

Una de las tradiciones más divertidas y bonitas, era la mona. Cuando estábamos en la Cuaresma, ya empezábamos, como un resorte, a preparar la cuadrilla. Siempre había un chico que hacía de capitán y hacía y deshacía, y empezaba: “Tú con aquel y tú con aquella” y allí venían los líos, pero nunca llegaba la sangre al río. Cerca de las 40 horas de San Gregorio y la Semana de los Dolores, ya estaba todo arreglado.

Las chicas con sus alpargatas de cinta y el capazo para la merienda, la mona y la cuerda que no faltara. Aquellos tres días de mona, eran una maravilla. Que alegría cuando salían todas las cuadrillas del pueblo, unos al monte Varó ¡Precioso!; otros a la playa de San Juan, que en aquellos tiempos, no había ni rascacielos, ni grandes edificios. Solamente había unos chalets en primera línea de playa. La verdad, es que teníamos para nosotros toda la playa y todo el terreno para saltar a la cuerda, al corro, a la gallinita ciega, etc. También íbamos a las fincas, como yo, que vivía en la finca Espinós, donde éramos cuatro hermanos y nos poníamos en cola para cada día ir uno. Mis padres lo que disfrutaban de ver lo bien que nos lo pasábamos.



Ya, a las cinco de la tarde, nos poníamos a merendar, todos sentados “cul a pla” y cada uno con su merienda, y sacábamos la fiambrera con aquella tortilla de patatas tan rica y tomate y pimiento frito con conejo que nos chupábamos los dedos ¡Che, qué bo! Nunca mejor dicho porque en aquellos tiempos, en algunas casas, no había llegado la moda de los tenedores. Pero lo más bonito, era el huevo duro de la mona, que rompíamos en la frente del chico que nos hacía tilín. Y el remate final, era cuando todas las cuadrillas, al atardecer, volvíamos y nos juntábamos todas en la Rambla. Allí hacíamos la despedida cantando “Miguel, Miguel”, otros jugaban a la cuerda y armaban grandes polsegueras, pero todos los juegos nos sabían a gloria. Al final, nos despedíamos hasta el día siguiente con aquella canción tan típica de “Golondrina de amor” o “Adiós con el corazón”.

¡Qué cambio a nuestros días! La verdad, es que con la moda de ahora que se van a la segunda vivienda, a la montaña o de acampada, ese día de mona en Sant Joan, por la tarde, da pena ver la Rambla tan vacía. Qué lástima que esa tradición se haya perdido, tan bonita como era.

PEPA ESPINÓS

Publicado porAlfredo en 16:13  

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